Llegando a Buenos Aires, Argentina.

Recorrer el puerto de Buenos Aires en los años sesenta, era el paseo obligado de los domingos. Le pedía a mis padres que me llevaran a ver los históricos hidroaviones Sunderland y Sandrigham de Aerolíneas Argentinas que flotaban mansamente y por supuesto, la Fragata Libertad y el Portaviones “Independencia”, cada vez que se arrimaban a la costa porteña. Recuerdo como si fuera hoy, que mi viejo me comento que llegaría a la dársena “A “de nuestras costas el lujoso e inmenso “Giulio Cesare”, paquebote casi emblemático y orgullo de la escuela náutica italiana. Se trataba nada menos que el primer transatlántico construido en la posguerra, botado en 1951 en los astilleros de Monfalcone.

Todavía hoy me acuerdo que con mis seis años, esa inmensa silueta me impresionaba por su inmensidad, donde podía ver la proa, pero no llegaba a apreciar donde terminaba esta ciudad flotante. Por supuesto que no entraba en mi cabeza que semejante estructura no se hundiera cuando por simple deducción de alumno de escuela primaria, el hierro era más pesado que el agua…

También me viene a la memoria la silueta de un par de autos blancos que estaban bajando del barco colgados de las vetustas grúas del puerto y las apoyaban con sumo cuidado sobre el desparejo empedrado…

Casi cuarenta años más tarde, me encontraba escribiendo un artículo sobre una competencia de autos clásicos disputada en La Cumbre, Provincia de Córdoba para la revista Corsa, y necesitaba unos datos del Ford T propiedad de Pedro Di Guardo. Ante mi llamado telefónico, el amable Pedro me dijo que pasara por su agencia de autos y de paso, tomábamos un café.

Al llegar, me encontré con dos autos que estaban allí exhibidos y que habían llamado mi atención. Uno de ellos era un elegante Triumph TR6 Convertible y el otro, el que me hizo vibrar el corazón, la estampa de un Alfa Romeo 2600 Sprint Bertone de 1963, nada menos que la “du sei”.